Notas

Edición Nº 58 - Revista Sólo Chicos -Guía para padres-.

¿Deberíamos enseñar amistad en las escuelas?

Aprender a hacer las paces, tan importante como la tabla del tres. Las peleas entre niños afectan su aprendizaje y desarrollo emocional.

La amistad tiene un papel fundamental a lo largo de nuestra vida, y es motivo de alegrías y de tristezas. En ocasiones resulta doloroso ver cómo una relación entre dos o más personas llega a su fin, pero la mayoría de ellas perduran y proporcionan dosis enormes de satisfacción. Dan Gilbert, profesor de psicología en la Universidad de Harvard, está convencido de que pasar tiempo de calidad con la familia y los amigos es el único camino hacia la felicidad y eso repercute de manera directa en la salud mental.

Durante la infancia, sobre todo dentro del ámbito escolar, los niños aprenden a desarrollarse como seres humanos libres y competentes. «Es en este espacio donde se puede fomentar el respeto a uno mismo y a las personas con las que pasamos tiempo, convivimos y nos relacionamos». Estos vínculos son vitales a la hora de intervenir en el proceso de madurez de una persona. La escuela es un contexto donde los niños aprenden a relacionarse con los demás, especialmente con sus iguales, a conocer sus límites y los de sus compañeros, y a regular su comportamiento en función del que tiene el otro. Con su grupo de amigos adquieren la noción de semejanza y diferencia. Lo aclara la psicóloga: «Jugar implica comunicarse, cooperar y resolver problemas.

Los niños aprenden a controlar sus emociones y a tener en cuenta las de los otros. Estas actividades también los preparan para negociar y enfrentarse a situaciones diversas». «El juego les enseña a respetar los turnos, a trabajar en equipo y a ser tolerantes», añade la pedagoga, quien aclara que ese ocio, debe regirse por las reglas de los niños y no de los adultos, para que los menores asuman riesgos y desafíos.

En ocasiones los adultos restan importancia a las relaciones de amistad entre los pequeños, y no son capaces de imaginar el efecto emocional que un enojo supone para ellos. «Normalmente, pensamos que son tonterías, pero para este tipo de desencuentros son un problema. Y eso se percibe en el aula; si están pensando en la pelea que han tenido, estarán preocupados y no podrán concentrarse», resuelve Carter. La clave está en otorgarles la oportunidad de contar cómo se sienten en todo momento. «Durante la infancia y la adolescencia, estas relaciones son una necesidad para su desarrollo psicosocial y educativo, donde se generan lazos de reciprocidad de diferente índole según su etapa evolutiva», Hay que cambiar el chip y empezar a pensar en el niño como un ser humano pleno. «El adulto ha de considerar sus emociones, pensamientos y sueños para que pueda construir y fortalecer su personalidad y adquirir autonomía en la toma de decisiones».

Aun así, la figura del cuidador debe estar presente para proporcionar apoyo y base educativa. Asimismo, el aula debe ser un lugar en donde los menores se sientan protegidos y en el que se ponga en práctica el respeto entre iguales. «Los niños se sienten seguros social y emocionalmente si tienen amigos», asegura Carter. «La incorporación de la educación emocional en el aula es o tendría que ser imprescindible para trabajar las emociones, los sentimientos negativos y los positivos, así como para comprender los estados de ánimo y desarrollar la empatía». Los conflictos son inherentes en el ser humano, por lo que los niños han de aprender a gestionarlos. Los afectos que se generan durante la escuela son fuertes y persistentes a lo largo del tiempo. Además, suponen un gran apoyo a la hora de enfrentarse a los retos académicos. «Los individuos son más propensos a trabajar duro y a matricularse en la Universidad si esta opción es popular entre su círculo, especialmente en los últimos años de la escuela «Los mayores problemas de rendimiento los generan los problemas emocionales. Si el niño está mal, no tendrá capacidad para concentrarse, ni motivarse, y mucho menos integrar la información que de otra forma quizá incluso le interesaría». El cerebro del niño necesita raudales de amistad.

Alexandra Lores
www.elpais.com